Tenía quince días que había dejado el
cigarrillo. Por muchas razones decidí dejar mi vicio, una de ellas y no sé por
qué motivo: él. Pasaba los días pensando “hoy fumaré uno…hoy no…” hasta que un
día finalmente lo dejé. No mentiré se
sintió bien, no tenía ansiedad ni tics nerviosos, me sentía más limpia, llena
de otras cosas, todo iba bien, hasta que tuvo que cruzarse nuevamente en mi
camino.
Había pasado casi un mes de la última vez que yo
estúpidamente decidí marcarte sin razón aparente, solo fue el imprudente
impulso que me tomó en un momento de vulnerabilidad, me contestaste como
siempre, escuché tu voz que tenía tanto sin escuchar, la escuché decir las
palabras que me derrumbaron, esas palabras que me indicaron que tu corazón ya
era de alguien más y no había nada que hacer, ahí decidí que sería la última
vez que escucharía tu voz.
Ese día, ese maldito día me desperté antes de
la hora normal, para poder llegar antes a la universidad. Estuve estudiando
toda la noche memorizando hasta la última definición de un estúpido libro de
lingüística, todo aquello hice para que al verte lo olvidara todo.
Esa mañana tomé el camino equivocado, tomé el
camino largo por un descuido, (como si tuviera el tiempo para esos errores)
todo pintaba normal, todo hasta que me tocó el primer rojo del día, vi un
carro, parecido al suyo, jamás pensé que en realidad fuera a ser el suyo, pero lo
fue.
Fueron los quince segundos más largos de mi
existencia, te contemplé, como muchas otras veces lo había hecho, solo que esta
vez, había un algo distinto, esta vez me eras ajeno, no percibí la sensación de
familiaridad o costumbre que siempre tenía al verte, pero esta vez no, al
escaso metro que nos separaba no pude más que sentirte lejano.
Te ví, me viste con tus ojos verdes que
siempre me escrutaban y siempre me laceraban, que siempre me delataban. Claro que también percibiste mi
presencia, ahí estaba yo, quien hubiera sido tu amor más grande anterior a tu
nueva vida, nos vimos a los ojos, por unos cuantos segundos eternos no
reaccionamos, ni tu ni yo, hasta que finalmente decidí levantar mi mano y
agitarla a modo de saludo. Te saludé, te sonreí, no hubo necesidad de decir ni
una palabra, no hubo necesidad, ni tampoco valor para decirlo, simplemente
hiciste lo mismo.
De ahí en adelante, todo el estúpido camino tu
carro iba atormentándome, a veces a lado, a veces delante, decidí acelerar y
dejarte atrás, con la ironía del asunto, justo como la última vez, perdí tu
rastro y seguí, pero tus ojos, me seguían, tal vez solo divagaba, pero ahí
estaban.
Llegué a la escuela después de los que fueron
los quince minutos más largos ¿qué pasó con lo que había memorizado para mi
examen? Gracias a ese encuentro, todo se fue al carajo, como todo lo
relacionado a nosotros. Estacioné el carro, las manos aún me temblaban, toda
esa fortaleza que pude mostrar frente a ti, a estas alturas ya se había
desvanecido, era oficial, estaba actuando como una idiota.
En ese momento, tuve la mayor ansiedad que
había experimentado en años. Recordé que en aquel intento de mochila que
cargaba en esos días lluviosos debía de tener lo que serían los restos de mi
antiguo vicio, y así era, saque el último cigarro que cargaba, me apresuré a
prenderlo, por un instante me concentré solo en percibir el sabor a tabaco en
mi boca.
Fumada tras fumada te iba olvidando, una tras
otra, con calma, sin prisa, dejando salir mis emociones en forma de humo del
tabaco que se quemaba poco a poco en mis manos; otra fumada, recordé tus ojos y
los olvidé, poco a poco se quitaba el temblor absurdo de mis manos; otra fumada
y mi cigarro ya se había consumido unos tres cuartos, mientras yo seguía olvidando
todo sentada en una pobre banqueta. La escena más cursi y patética de mi vida:
yo fumando un cigarro, sentada en una banqueta con la lluvia cayendo
Última fumada de aquel cigarro que apareció como
caído del cielo, ya sentía como se relajaban cada músculo de mi cuerpo, y cómo
dejaba escapar hasta el último aliento de la tensión que minutos antes se
podría haber cortado con cuchillo, terminé, lo tiré al piso y me puse de pie.
Caminé y seguí caminando hasta mi facultad,
esta vez la lluvia ni nada me importaba, en mi cabeza resonaba aún el
encuentro, no por nada me tomé el tiempo
de describir este infortunado suceso. Sin embargo, seguí adelante, ese día te
dejé ir, como el humo de mi cigarro, te deje desvanecerte con tus ojos verdes
en el ambiente.
Te regresé a donde pertenecías y agradecí el
tiempo que me fue otorgada tu presencia, te había dejado ir antes cuando decidí
marcharme, y esta vez te dejé ir para liberarme, te dejé ir por ti, porque sólo
eres como el humo de aquel cigarro, algo efímero que estuvo de viaje en mi vida
y que ahora no era más que un simple recuerdo. Después entendí que tú fuiste
como aquel cigarro, te esfumaste con el aire y te desplomaste en mis manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario